Cela Conde: "Los medios apuestan por una opción partidista sin ni siquiera simular neutralidad"
Sigo con la serie sobre la equidistancia como opción comunicativa y reflexiva. Doy cuenta ahora de un artículo de opinión publicado en los diarios de la cadena Editorial Prensa Ibérica por Camilo José Cela Conde. De nuevo las reflexiones giran en torno al uso partidista de los medios de comunicación y su empleo como lanzadera de consignas desde las atalayas mediáticas: "El problema consiste en que el periodismo de hoy ha dado de forma clara un paso desde la información a la política. Los medios de comunicación apuestan a menudo por una determinada opción partidista y la apoyan -o denigran a la adversaria- sin molestarse siquiera en simular que están adoptando una postura neutral"."TIEMPOS HUBO en los que la libertad de expresión contaba como uno de los derechos más preciados, por cuya defensa mayores batallas cabía plantear. Tiempos en los que se pronunciaron aquellas palabras atribuidas -no sé si con verdadera justicia porque Voltaire se le adelantó- a Winston Churchill: «estoy en desacuerdo con las ideas de usted, pero moriría por defender su derecho a expresarlas». No son, en verdad, los tiempos que corren ahora mismo. La guerra existente entre la clase política y la emisora de los obispos ha dividido el país, una vez más, en dos bandos: el de quienes creen que el derecho de cualquiera a expresar su opinión debe ser defendido a ultranza y el de aquellos que sostienen que la cadena de radio ha traspasado los límites de lo tolerable al convertir en arma política lo que debería ser en principio periodismo sin más.
Ambos enunciados podrían ser ciertos a la vez y, en realidad, es bastante probable que sea éste el caso. Pero entonces se plantea un conflicto: ¿cuál de los dos derechos -el derecho a la libertad de información y el derecho a recibir informaciones veraces- ha de prevalecer? El problema consiste en que el periodismo de hoy ha dado de forma clara un paso desde la información a la política. Los medios de comunicación apuestan a menudo por una determinada opción partidista y la apoyan -o denigran a la adversaria- sin molestarse siquiera en simular que están adoptando una postura neutral. ¿Qué derecho tiene entonces una noticia o una columna de opinión (como ésta misma, por ejemplo) a declararse inmune y reclamar privilegios frente a los políticos a los que puede estar atacando?
El ejercicio de la crítica desde la prensa es legítimo pero peligroso. Si yo ataco a cualquier persona -con un cargo político o sin él-, ésta apenas dispone de medios para la defensa. Enviará tal vez una réplica pero no podrá hacerlo si yo insisto, día tras día, en la crucifixión. Con el añadido preocupante de que ni siquiera tengo por qué demostrar lo que digo. Con levantar la sospecha basta para causar la mayor parte del daño y, además, de una forma irreversible a menudo.
En ésas estamos, pues: la asepsia de una crítica responsable y ajena a intereses políticos es pura utopía. En su lugar, tenemos hoy una especie de brega parlamentaria que se refleja en los artículos de opinión de la prensa escrita y hablada, cuando no en el uso manipulado de las informaciones. No estamos hablando, pues, de libertad de información sino más bien de lo contrario: de abuso en el empleo de los medios de comunicación por parte de quienes los controlan. Lo más divertido aparece cuando ese abuso adopta encima el camuflaje ideológico. Columnistas de supuesto pedigree izquierdoso, y en algunos casos con militancia antigua en partidos de la extrema izquierda, adoptan hoy posturas de extrema derecha pero siguen reclamando su talante progresista. Hemos pasado de la gauche divina a la gauche travestida.
El conflicto tiene difícil remedio porque nadie dispone de patente de corso para emitir juicios morales irreprochables. Así que, al cabo, volvemos a la cuestión de fondo de la credibilidad. Poco a poco se están cimentando confianzas y desconfianzas y cada ciudadano debe elegir las suyas. Repetiré algo que he dicho ya en ocasiones. Elija usted entre Jiménez Losantos, Umbral, Ussía y Raúl del Pozo, o bien Gabilondo, Millás, Ramoneda y Calvo Hernando. En gran medida, es ésa la única libertad de expresión disponible hoy".
Ambos enunciados podrían ser ciertos a la vez y, en realidad, es bastante probable que sea éste el caso. Pero entonces se plantea un conflicto: ¿cuál de los dos derechos -el derecho a la libertad de información y el derecho a recibir informaciones veraces- ha de prevalecer? El problema consiste en que el periodismo de hoy ha dado de forma clara un paso desde la información a la política. Los medios de comunicación apuestan a menudo por una determinada opción partidista y la apoyan -o denigran a la adversaria- sin molestarse siquiera en simular que están adoptando una postura neutral. ¿Qué derecho tiene entonces una noticia o una columna de opinión (como ésta misma, por ejemplo) a declararse inmune y reclamar privilegios frente a los políticos a los que puede estar atacando?
El ejercicio de la crítica desde la prensa es legítimo pero peligroso. Si yo ataco a cualquier persona -con un cargo político o sin él-, ésta apenas dispone de medios para la defensa. Enviará tal vez una réplica pero no podrá hacerlo si yo insisto, día tras día, en la crucifixión. Con el añadido preocupante de que ni siquiera tengo por qué demostrar lo que digo. Con levantar la sospecha basta para causar la mayor parte del daño y, además, de una forma irreversible a menudo.
En ésas estamos, pues: la asepsia de una crítica responsable y ajena a intereses políticos es pura utopía. En su lugar, tenemos hoy una especie de brega parlamentaria que se refleja en los artículos de opinión de la prensa escrita y hablada, cuando no en el uso manipulado de las informaciones. No estamos hablando, pues, de libertad de información sino más bien de lo contrario: de abuso en el empleo de los medios de comunicación por parte de quienes los controlan. Lo más divertido aparece cuando ese abuso adopta encima el camuflaje ideológico. Columnistas de supuesto pedigree izquierdoso, y en algunos casos con militancia antigua en partidos de la extrema izquierda, adoptan hoy posturas de extrema derecha pero siguen reclamando su talante progresista. Hemos pasado de la gauche divina a la gauche travestida.
El conflicto tiene difícil remedio porque nadie dispone de patente de corso para emitir juicios morales irreprochables. Así que, al cabo, volvemos a la cuestión de fondo de la credibilidad. Poco a poco se están cimentando confianzas y desconfianzas y cada ciudadano debe elegir las suyas. Repetiré algo que he dicho ya en ocasiones. Elija usted entre Jiménez Losantos, Umbral, Ussía y Raúl del Pozo, o bien Gabilondo, Millás, Ramoneda y Calvo Hernando. En gran medida, es ésa la única libertad de expresión disponible hoy".
